Una encíclica peligrosa

Los medios de comunicación peruanos están haciendo mayor referencia a la encíclica Laudato Si, sea por indiferencia o por temor a enfrentarse a los grupos de poder económico.

Confieso que es una lectura incómoda, especialmente el primer capítulo, porque da una visión en conjunto de una serie de problemas que los seres humanos venimos creando al planeta en que vivimos, como cuando el Papa dice: “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería” (21). En cuanto al cambio climático, que todavía niegan algunos políticos y empresarios, advierte que, si no modificamos nuestro comportamiento, la humanidad enfrenta severos riesgos, no en una fecha remota, sino en el mismo siglo que vivimos (24).

El eje principal de la encíclica es denunciar los efectos que tiene la contaminación ambiental tiene para los más pobres (16). Son ellos quienes, por la precariedad en que viven, están más afectados por la pérdida de fuentes de agua y la depredación de los recursos. Son ellos quienes deben migrar, al perder su fuente de sustento, y viven hacinados en las ciudades, también contaminadas, o enfrentan serios peligros cuando salen de sus países buscando mejorar su calidad de vida, porque ni siquiera se les otorga el status de refugiados (25).

El Papa denuncia la cultura del consumismo por la cual, el hábito de gastar y tirar ha llegado a niveles inauditos en los países desarrollados y en los sectores más ricos del resto del mundo (26). Varias veces él ha hablado de la “cultura del descarte”, que, sostiene, no solamente se aplica a los objetos, sino a los seres humanos: los ancianos, los pobres o los jóvenes desempleados, todos los cuales parecen sobrar.

Una y otra vez, el Papa denuncia los intereses económicos, como al referirse a la tendencia a privatizar el agua, señalando que el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, que asegura el ejercicio de los demás derechos (30).

Sostiene que quienes deberían enfrentar los problemas ambientales mantienen una alegre irresponsabilidad o comportamiento evasivo, negando que los problemas existan o, inclusive, justificándolos (59) y que algunos gobiernos toman medidas solamente el daño ya ha producido efectos irreversibles para la salud de las personas (21).

Visto desde el Perú, todo lo que el Papa denuncia parece una realidad cotidiana, puesto que somos uno de los países más vulnerables al cambio climático. Respecto al crecimiento de los mares, este año, una y otra vez se han presentado “oleajes anómalos”, que afectaron el litoral. Los muelles de Pimentel y Malabrigo sufrieron serios daños y, como van las cosas muchas playas serán pronto uno de esos paisajes desaparecidos que “los ancianos añoran” (varias playas de la Libertad han desaparecido ya).

Igualmente, no tiene que ser uno tan anciano para añorar un mundo que va desapareciendo por la voraz urbanización de la campiña en Arequipa o la misma Lima. De otro lado, la referencia a que las aguas subterráneas quedan afectadas por la explotación de actividades extractivas, agrícolas e industriales, es lo que sucede en Ica y la referencia a que los pueblos indígenas sean consultados en aquellos proyectos que les afecten es muy precisa (146).

También en el Perú se crean “condominios ecológicos”, espacios privados a quienes una minoría privilegiada tiene acceso, donde se busca evitar que otros lleguen a molestar una tranquilidad artificial (45). Denuncia el Papa cómo los patrones urbanos causan mayor fragmentación y división social, que inclusive alcanza a los académicos e intelectuales (49).

Lamentablemente, la Iglesia peruana no ha seguido el ejemplo de muchas Conferencias Episcopales, desde Bolivia hasta Alemania y desde Chile hasta España, que el mismo día en que se publicó la encíclica convocaron conferencias de prensa para analizar las implicancias para sus propios países. Ni siquiera se han difundido las dos oraciones que el Papa ha elaborado en relación con la naturaleza.

Paulatinamente, diversos obispos se están expresando, pero sería importante mas bien que todos los peruanos, católicos y no católicos, debatamos los temas que expresa el documento. Así podremos buscar soluciones para un problema que nosotros mismos estamos creando al depredar nuestro entorno.

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